En cuanto alguien comprende que obedecer leyes injustas es contrario a su dignidad de hombre, ninguna tiranía puede dominarle. Gandhi.


viernes, 3 de septiembre de 2010

El legado de Allende: construir Izquierda



(Editorial Punto Final Nª 717, desde viernes 3 al 16 de septiembre de 2010)

Hace cuarenta años, el 4 de septiembre de 1970, Salvador Allende ganó
las elecciones presidenciales, aunque debió esperar ser ratificado por
el Congreso Pleno. El triunfo de Allende se constituyó en un hito
histórico y en una lección política, que no deben olvidarse. La
incansable lucha por forjar una identidad de Izquierda orientada hacia
el socialismo, por fin había dado frutos.

Nunca una elección presidencial en Chile alcanzó tanto dramatismo. Los
ciudadanos estaban conscientes que el país se jugaba cuestiones
trascendentales que determinarían su futuro. El enfrentamiento básico
era entre la Izquierda y la derecha, representadas por el senador
Salvador Allende Gossens y por el ex presidente y empresario Jorge
Alessandri Rodríguez. Había un tercer candidato, Radomiro Tomic
Romero, de la Democracia Cristiana, con un programa que planteaba el
“socialismo comunitario”, lo cual lo acercaba a las posiciones de
Izquierda.

La acorralada derecha buscaba fórmulas desesperadas para defender sus
intereses. No descartaba nada. A fines de 1969, un alzamiento en el
regimiento Tacna, encabezado por el general Roberto Viaux, tuvo al
gobierno de Frei Montalva al borde del precipicio. Grupos
ultraderechistas levantaban cabeza. En el plano político, la derecha
postulaba la “Nueva República”, que esbozaba elementos neoliberales y
un firme autoritarismo para cerrar el paso a la Izquierda. Por su
parte, la Unidad Popular, alianza amplia en torno a socialistas y
comunistas, integraba al Partido Radical y a sectores cristianos
desgajados de la DC que formaron el partido Mapu, y a laicos y
progresistas que se definían de Izquierda. La candidatura de Salvador
Allende emergía con posibilidades de triunfo.

La Izquierda venía ganando terreno y un sólido movimiento sindical,
organizado en torno a la Central Unica de Trabajadores, se extendía al
campo a través de sindicatos agrícolas movilizados y de gran
convocatoria. El movimiento estudiantil, mayoritariamente de
Izquierda, era potente y de alcance nacional. El movimiento de los sin
casa campeaba en las principales ciudades. Existía así una amplia base
social para el movimiento político que planteaba un programa centrado
en la nacionalización de las riquezas básicas, en la profundización de
la reforma agraria y en la constitución de un área social de la
economía, conformada por la banca, los principales monopolios y
empresas estratégicas. Se proponía asimismo una nueva Constitución y
una institucionalidad acorde con las transformaciones que se
impulsarían, una ampliación de la democracia y la real vigencia de los
derechos y libertades individuales y colectivos. Era, en síntesis, lo
que se conoció como la “vía pacífica al socialismo”, un proyecto
inédito en la historia de la Humanidad.

Internacionalmente eran los tiempos de la guerra fría; la Unión
Soviética y el socialismo aparecían compitiendo exitosamente con el
imperialismo. En América Latina -a partir de 1959 con la Revolución
Cubana- había avances populares que Estados Unidos miraba con
preocupación. No quería “una nueva Cuba” en su patio trasero. Con ese
pretexto había invadido República Dominicana para derrocar al gobierno
democrático de Juan Bosch y en 1964, respaldó el golpe militar en
Brasil que derrocó al presidente Joao Goulart. Sin embargo, no cesaba
el avance de los pueblos. En Bolivia, luego de la muerte del
comandante Ernesto Che Guevara en una operación dirigida por
norteamericanos, se producían avances democráticos con el gobierno del
general Juan José Torres (1970-71), mientras en Argentina el peronismo
impulsaba el retorno de su líder, y en Perú el general Juan Velasco
Alvarado se empeñaba en reformas antiimperialistas e integradoras de
la población indígena. En Uruguay la situación, asimismo, era
inquietante para la oligarquía.

Para Estados Unidos, Chile era una pieza clave en su ajedrez de
dominación regional. Ya en las elecciones de 1964 había apoyado sin
tapujos la candidatura de Eduardo Frei Montalva y su “revolución en
libertad”. Enormes flujos de dólares financiaron una impresionante
campaña del terror contra Salvador Allende y la Izquierda. El
presidente Ke-nnedy -que impulsaba la Alianza para el Progreso-
imaginaba que la Democracia Cristiana en Chile podía levantarse como
alternativa a la Revolución Cubana.

La trayectoria de Salvador Allende como parlamentario y líder popular
era impecable. Había sido ministro de Salud del gobierno del Frente
Popular (1938-41) y como senador un invariable demócrata,
antiimperialista y partidario del entendimiento socialista-comunista,
de la unidad de la clase obrera y de los más amplios sectores sociales
explotados por el capitalismo. Valiente defensor de la Revolución
Cubana, memorables habían sido sus luchas contra la Ley de Defensa
Permanente de la Democracia, paradigma del anticomunismo, y su
constante denuncia de los manejos del imperialismo y del despojo que
cometían las empresas norteamericanas Anaconda y Kennecott con el
cobre chileno. Allende era un líder respetado y querido por el pueblo,
que sabía que no sería traicionado por él. En muchos aspectos era un
educador y un organizador notable, de ejemplar perseverancia en la
lucha por la unidad de la Izquierda.

En el país, la sociedad se convulsionaba. Surgían los “cristianos por
el socialismo”, los estudiantes de la Universidad Católica se tomaban
la casa central para imponer profundas reformas y denunciaban las
mentiras de El Mercurio; se produjo la toma de la Catedral de Santiago
por sacerdotes, religiosas y laicos que pedían mayor compromiso de la
Iglesia con el pueblo.

El país esperaba grandes cambios en el marco de un nuevo período
histórico cuajado de promesas de justicia e igualdad.

La campaña electoral fue muy dura. La derecha se lanzó a fondo,
reeditando -corregida y aumentada- la campaña del terror de 1964.
Intensificó su presión hacia las fuerzas armadas, en las cuales buena
parte de la oficialidad había pasado por las escuelas de formación
antisubversiva del Pentágono. El financiamiento de la CIA volvió a
afluir a través de la ITT, que controlaba el monopolio telefónico. Con
todo, las elecciones fueron tranquilas y, sobre todo, estrechas.
Allende obtuvo algo más de un millón de votos, ganando por 40 mil
preferencias a Alessandri, y obteniendo 36,3% del total de sufragios.
Tomic obtuvo 27,84%, con más de ochocientos mil sufragios. Como buena
parte de su votación era antiderechista, estaba claro que la Izquierda
contaba con un apoyo muy superior a la derecha.

Los resultados se conocieron en la tarde del 4 de septiembre y de
inmediato Tomic reconoció el triunfo de Allende. Esa misma noche,
luego de momentos de tensión -cuando tanques del ejército fueron
desplegados en la Alameda- hubo una enorme manifestación frente a la
Federación de Estudiantes de Chile. Decenas de miles de personas
llegaron desde las poblaciones periféricas para celebrar el triunfo.
Parecía que nunca el pueblo se había sentido tan alegre y esperanzado.
El discurso de Allende fue emotivo y profundo. Recordó las luchas
populares, los esfuerzos cotidianos del pueblo para subsistir y
luchar, y asumió su triunfo como una continuidad con el Frente
Popular, y antes, con el gobierno del presidente José Manuel Balmaceda
-empujado a la muerte por la oligarquía- y con la lucha incansable de
Luis Emilio Recabarren, organizador de la clase obrera chilena.

Los sesenta días siguientes, hasta el momento en que el nuevo
presidente debía asumir el mando, fueron conmocionantes. La derecha
entró en pánico. Agustín Edwards, dueño de El Mercurio, voló a Estados
Unidos para pedir al gobierno norteamericano que interviniera en Chile
a fin de impedir que Allende llegara a La Moneda. En Washington
encontró oídos receptivos en el presidente Richard Nixon y su
gobierno. Se inició así una ola de actos terroristas por parte de
grupos de ultraderecha (ver páginas 4 y 5 de esta edición), que
recibían aliento, dinero e instrucción terrorista desde el exterior.

El 3 de noviembre de 1970, sin embargo, derrotando las maniobras y
actos criminales como el asesinato del general René Schneider,
comandante en jefe del ejército, Salvador Allende asumió el mando.
Comenzó así el gobierno más progresista, liberador y popular de la
historia de Chile. En medio de la férrea oposición y conspiración de
la derecha junto con el gobierno de Estados Unidos, Allende consiguió
logros notables como la nacionalización del cobre, la profundización
de la reforma agraria, las políticas de salud, educación y vivienda, y
avances gigantescos en el plano cultural. Se desataron las fuerzas
creadoras del pueblo al influjo de un programa socialista y
democrático. Los pobres de la ciudad y del campo alcanzaron el
protagonismo y participación que durante decenios se les había negado.
En el ámbito internacional, Chile logró un reconocimiento mundial que
valorizó el intento de avanzar al socialismo en libertad. Pero este
noble propósito se vio frustrado por la conspiración interna y
externa, sin negar los errores de la propia Unidad Popular, que
culminaron con el golpe militar del 11 de septiembre de 1973. El
presidente Salvador Allende, fiel a su juramento, prefirió morir en La
Moneda a traicionar la confianza del pueblo.

Hoy -como en los años que precedieron al triunfo de Allende- sigue
vigente alcanzar el requisito que gestó la victoria de 1970. Aludimos
a la unidad del conjunto de la Izquierda, hoy atomizada. Es el paso
indispensable para construir su propia identidad ideológica y
programática y, desde allí, avanzar a acuerdos políticos y sociales
más amplios.

En América Latina hoy se abren paso tendencias revolucionarias que con
sus diferentes particularidades están haciendo el camino que se
intentó en Chile. De alguna manera los procesos de Venezuela, Bolivia
y Ecuador reivindican la vía pacífica al socialismo, que proclamara
con resuelta convicción democrática el presidente mártir Salvador
Allende. Se reinician tiempos de revolución que en las condiciones
contemporáneas hacen volver la mirada a la senda que abriera con su
sacrificio el presidente Allende.

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