En cuanto alguien comprende que obedecer leyes injustas es contrario a su dignidad de hombre, ninguna tiranía puede dominarle. Gandhi.


domingo, 30 de octubre de 2011

Dadaab, la capital de los refugiados del mundo


Manuel Ruiz RicoLos datos hablan por sí mismos: los campos de refugiados de Dadaab, en Kenia, fueron abiertos en 1992 para acoger a los refugiados de la guerra civil que había comenzado en Somalia un año antes y su diseño inicial contemplaba una capacidad de 90.000 personas. Dadaab es hoy el mayor campo de refugiados del mundo, con una población de casi 464.000 personas, el 95,8% de los cuales son somalíes, según los datos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), con fecha de 27 de octubre. Con estos números, Dadaab se ha convertido en la tercera ciudad de Kenia, tras la capital, Nairobi (3.14 millones de habitantes), y Mombasa (940.000).


El punto de inflexión llegó a principios de este año. La guerra civil se unió a la acción de las milicias islamistas de Al Shabab, vinculadas a Al Qaeda y que tienen controlado el sur del país, una región que sufre su peor sequía en 60 años. Las cosechas se echaron a perder, el precio de los cereales se triplicó en un año y el ganado moría. Cientos de miles de personas comenzaron a no poder vivir en la tierra que había sido hasta entonces su hogar y su sustento. La consecuencia inevitable llegó el 20 de julio: la ONU declaró la hambruna en dos regiones al sur del país.
Campo de refugiados de Dadaab, fuente foto: ACNUR.
El 3 de agosto y después el 5 de septiembre la declaración de hambruna se hizo extensiva a cuatro áreas más. La ONU calcula que en el Cuerno de África el número de personas con necesidad de ayuda alimentaria asciende ya a 12 millones y éstas se encuentran en Etiopía, Kenia, Uganda, Djibouti y, sobre todo, Somalia.

La sequía ha resultado ser devastadora para este último país. El éxodo de somalíes ha alcanzado cotas sin precedentes. Más de 280.000 han huido este año, sobre todo a Etiopía y a Kenia, cuyo campo de Dadaab ha sido el triste destino final de casi 164.000 refugiados de esta nacionalidad. Esta avalancha es la que ha llevado a Dadaab a rozar actualmente el medio millón de refugiados, el 75% de los cuales son menores de edad, es decir, unos 350.000 niños. Es como un cuento macabro de Peter Pan: Dadaab o el país de nunca jamás.

Una población, unos niños, con un futuro nada prometedor, tan cerrado como la realidad que han dejado atrás. Según reconocen fuentes de Acnur, “la gran mayoría de quienes entraron en los campos de refugiados de Kenia y Etiopía en 1992 debido a la guerra civil aún permanecen en el campo porque no han podido ser repatriados a ningún otro país ni tampoco han podido regresar a Somalia, que es el objetivo final porque no se cumplen las condiciones de seguridad necesarias”. Así que, incluso en Dadaab, el futuro de los somalíes sigue ligado a su país, Somalia, cuyo futuro a corto y medio plazo sigue siendo más que desolador.

En tierra peligrosa 

Dadaab se encuentra a unos cien kilómetros de la frontera keniata son Somalia, una franja que se ha convertido en los últimas semanas en una de las áreas más inseguras de África debido a Al Shabab. El 11 de septiembre la milicia islamista secuestró a la turista británica Judith Tebbutt, de 56 años; el 1 de octubre, a la francesa Marie Dedieu, de 65 años, en silla de rueda y enferma de cáncer y cuya muerte fue anunciada por Francia el día 19 de ese mes; y, por último, el 13 de octubre, Al Shabab raptó a las cooperantes españolas de Médicos Sin Fronteras en Dadaab Monserrat Serra, de 40 años, y Blanca Thiebaut, de 30, de las que nada se sabe desde entonces.

Tres días después del secuestro de las españolas Kenia lanzó una ofensiva militar hacia el interior del sur de Somalia en los terrenos controlados por Al Shabab. La situación de la frontera, invadida ahora por militares keniatas, ha reducido al mínimo la llegada a Dadaab de refugiados somalíes que vagan a su suerte por esa tierra de nadie que son las áreas de Somalia limítrofes con Kenia.

En medio de este desconcierto, casi medio millón de refugiados somalíes se levantan, desayunan, recogen sus tiendas, juegan, comen y dan de comer a sus hijos, se aprovisionan de agua, se lavan, cenan, charlan, se acuestan, viven cada día en Dadaab. Y lo hacen con una esperanza de futuro. Muchas familias caminaron durante días en una huida desesperada para llegar hasta aquí, para salvar sus vidas y las de sus hijos para, algún día, poder volver a sus tierras, a su país, Somalia, que la guerra y la hambruna le han arrebatado.

Hace dos meses, Husane, de 69 años, le contó al periodista de Acnur Emmanuel Nyabera que, para llegar a Dadaab, había huido junto a su familia de su casa, en Soko, al sur de Somalia, “porque no había llovido durante tres años. Otros huyeron porque no tenían comida. Yo perdí todo mi ganado, lo perdí todo. Mis hijos lloraban porque no había comida y yo les decía: sed pacientes, sigamos caminando. Vamos, seguid caminando, llegaremos a Dadaab”.

Por Manuel Ruiz Rico | 2011-11-01

Revista Homo homini sacra res, Número 13 – Año V, Época II

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